Los fosfitos agrícolas son compuestos derivados del ácido fosforoso (H₃PO₃) que contienen el ion fosfito (H₂PO₃⁻), una forma reducida de fósforo.
A diferencia de los fertilizantes convencionales basados en ortofosfatos, los fosfitos presentan una mayor movilidad dentro de la planta, permitiendo una rápida asimilación por vía foliar y radicular.
Además de actuar como fuente de fósforo, los fosfitos tienen una función única: estimulan los mecanismos naturales de defensa de las plantas, ayudando a prevenir enfermedades fúngicas del suelo y a mejorar la respuesta frente al estrés abiótico.
Por esta doble acción, nutricional y bioestimulante, los fosfitos se han consolidado como una herramienta clave en los programas de fertilización moderna.
El uso regular de fosfitos en los planes de fertirrigación o aplicación foliar aporta múltiples beneficios para el cultivo:
Su eficacia y bajo impacto ambiental los convierten en aliados fundamentales para una agricultura más eficiente y respetuosa con el entorno.
En función del elemento acompañante, los fosfitos se clasifican principalmente en dos tipos:
Ambos pueden aplicarse por vía foliar o radicular, según el estado fenológico y las necesidades específicas de cada cultivo.
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El ion fosfito actúa como elicitor o inductor de defensa natural. Al ser absorbido, activa rutas metabólicas que incrementan la producción de compuestos fenólicos, fitoalexinas y enzimas antioxidantes, reforzando las barreras naturales frente a patógenos como Phytophthora o Pythium.
Esta acción preventiva no sustituye a los fitosanitarios, pero mejora la respuesta inmunológica y la recuperación vegetal tras situaciones de estrés. Su efecto sistémico (ascendente y descendente) garantiza una protección homogénea en toda la planta.
Los fosfitos son compatibles con la mayoría de programas de nutrición vegetal y resultan especialmente útiles en:
Su uso regular se asocia con mayor rendimiento, homogeneidad de calibres y mejor calidad comercial.